La jugabilidad es un factor decisivo a la hora de manejar un coche que se mueve a más de 200 Km/h. Cada vehículo del juego tiene un comportamiento distinto, lo que notaremos especialmente en las curvas y en los derrapes: los hay que son tan estables como una apisonadora mientras otros se deslizan sobre el asfalto como si se tratase de hielo. Salvando las diferencias entre ellos, todos quedan unidos por un control excelente, que tras unos minutos nos permitirán exigir el máximo a los castigados neumáticos. Es difícil, por no decir imposible, terminar una carrera sin haber impactado con otro coche o contra un muro: aunque no queramos de vez en cuando hay que usar el freno.
Los diferentes modos de carrera alargan y diversifican el juego. El más innovador de todos es el Drag: en un tramo de 1 Kilómetro los coches competirán por llegar primeros a la meta, apurando al máximo las marchas y cambiando a la siguiente en el momento exacto, a la vez que esquivan el tráfico y las tretas de los contrincantes. Entre los otros modos encontramos la carrera de circuito, en que tendremos que dar varias vueltas a un mismo recorrido; el sprint, que nos obligará a correr de un punto a otro en el mínimo tiempo posible o la carrera de derrape, donde se nos puntuará según el estilo y no por la velocidad.
El nivel de adicción es peligrosamente alto en NFS Underground. Yo mismo me he mentido más que nunca con la célebre frase “Esta es la última partida”. La satisfacción de ganar nuevos coches, mejorarlos y la furiosa competición hacen que sea muy difícil abandonar el volante.