Dudo que hoy en día haya algún jugador que no conozca la saga Tomb Raider, una de las más prolíficas de la historia del videojuego y con un personaje tan carismático y popular como Lara Croft. Miles de personas idolatran a Lara como si de un ser real se tratase y recuerdan con emoción esas impresiones que todos vivimos con la primera parte, allá en 1995. Desde entonces la saqueadora de tumbas mas sexy ha protagonizado 5 nuevos juegos e incluso un salto de dudosa calidad al celuloide.
Si bien la primera parte fue una auténtica revolución, con las nuevas entregas pronto se hizo evidente que la saga debía evolucionar para sobrevivir y no aferrarse a la fórmula que la lanzó al olimpo de los juegos. Los desarrolladores se han encontrado con un problema doble: la saga debía innovar para no quedarse estancad, pero sin alejarse demasiado del espíritu original.
Así pues, los años han pasado y ya nos encontramos ante la sexta entrega de Tomb Raider, que anunciaba un cambio importante en la personalidad de Lara y ciertas evoluciones que la acercaban a las actividades de compañeros como Sam Fisher (Splinter Cell) o Snake (Metal Gear) y la alejaban de su origen arqueólogo y aventurero. En esta ocasión treparemos, saltaremos y lucharemos tal y como lo hemos venido haciendo en todas las entregas, pero ya no nos veremos rodeados por el encanto de unas ruinas mayas o una tumba real. La acción nos sitúa ahora en ciudades como Praga o París y nos obliga a correr para huir de la policía o para probar nuestra inocencia en vez de buscar reliquias ancestrales.
Lara ha mejorado, eso no es discutible, a nivel técnico y argumental, pero muchos de los que se pongan a los mandos quedarán decepcionados por una cantidad demasiado alta de problemas y dificultades, producto quizás de un nacimiento prematuro forzado por la aparición en cines de la segunda película de la Croft.